Extrañas ceremonias religiosas en Viña del Mar
Iglesia CatólicaExtrañas ceremonias religiosas
Liturgias religiosas que se desecharon hace más de medio siglo por la Iglesia Católica, se siguen realizando hoy en la parte baja del Cerro Recreo.
En la parte baja del Cerro Recreo, cerca de la intersección de Agua Santa con San José entrando por calle Bellavista, a un par de cuadras de la la Universidad de Viña del Mar hay una capilla perteneciente a la , vale decir, de seguidores del fallecido Arzobispo rebelde francés, Marcel Lefevre. En el pequeño templo, emplazado en un el pasaje López, se celebran misas dominicales, lo que no tendría ninguna novedad, pero la gran diferencia estriba que se trata de oficios rezados, mejor dicho, cantados enteramente en latín, con el solemne ritual que la Iglesia Católica desechó casi medio siglo atrás. A comienzos de los sesenta el Concilio Vaticano Segundo revolucionó la liturgia, introdujo el uso de la lengua local en los rezos y lecturas y abrió paso a las guitarras, los charangos e incluso a las batucadas, lo que significó para muchos la banalización del culto.
En esta capilla el sacerdote celebra la eucaristía dándole espaldas al público, a diferencia de lo que sucede en los templos católicos, revestido de paramentos y casullas que hoy sólo se encuentran en tiendas de anticuarios. Pero, claro, esos son simplemente aspectos anecdóticos, frente a la causa de fondo que precipitó la rebeldía del arzobispo francés, quien a fines de los años 80 provocó un cisma dentro de la Iglesia Católica al ordenar por su cuenta a obispos de su línea, en una clara insubordinación a las órdenes de Juan Pablo II.
Lo esencial del planteamiento preconciliar de esta iglesia cismática consiste en reivindicar lo que la Iglesia Católica postuló durante siglos en el sentido de que ella era dueña incuestionable del monopolio de la verdad religiosa y que fuera de esa comunión no existe posibilidad de salvación. El Concilio Vaticano II significó una auténtica revolución al admitir que Dios puede actuar a través de otras confesiones, e incluso a través de las personas no creyentes, pero de buena voluntad.
Más allá de estas disquisiciones teológicas, concurrir a este templo es de veras sumergirse en el pasado. Vaya a saber por qué la Divina Providencia guió mis pasos el Domingo de Ramos a ese templo, donde fui silencioso testigo de un ritual extenso, desarrollado íntegramente en latín, ante una pequeña comunidad de unos 80 adultos, además de algunos niños. Las velas en el altar, la casulla del sacerdote, los santos tapados por paños morados en ese último domingo de Cuaresma configuraban un ambiente que a cualquier más que cincuentón lo remitía a un pasado melancólico.
Escuchando la salmodia, inevitablemente monótona, que proclamaba los textos bíblicos y las oraciones, uno no deja de preguntarse si la gente que concurre a esta capilla tiene conciencia de lo que representa toda esta liturgia, o si simplemente son buenos hijos de vecinos que asisten al templo movidos solamente por el afán de adorar a Dios y de rezarle.
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